Dirigida por Genki Kawamura, «Exit 8» propone un descenso inquietante hacia lo desconocido. La película sigue a un hombre interpretado por Kazunari Ninomiya que mientras viaja en subte rumbo a su trabajo, termina atrapado en una interminable secuencia de pasillos perturbadores donde la realidad comienza a deformarse. Entre pesadillas, señales extrañas y una sensación constante de encierro, el protagonista deberá encontrar la manera de escapar y regresar al mundo real.
Como muchos de los que probablemente estén leyendo esta review, entré a la sala con bastante desconfianza. Principalmente porque la película adapta de forma directa el juego homónimo de 2023 y ya vimos demasiadas veces cómo Hollywood destroza buenos conceptos por no entender el material original, incluso con presupuestos millonarios detrás.
Por suerte, ese no es el caso acá.
La película no solo respeta la esencia del juego, sino que además logra trasladar muy bien esa sensación constante de desconcierto y paranoia del tipo “¿qué carajo está pasando?”. Y aunque nunca intenta explicar del todo por qué funciona este mundo o cuáles son las reglas reales detrás de estos pasillos interminables, eso nunca se siente como un problema. Después de todo, el propio juego tampoco estaba interesado en desarrollar un lore complejo. Así que si esperabas una expansión gigantesca del universo “backrooms-esque” de Exit 8, probablemente salgas decepcionado.
Donde sí se toma libertades es en la construcción de personajes. La película desarrolla backstories para el protagonista y para varias de las personas que aparecen a lo largo del recorrido, algo que termina funcionando mucho mejor de lo que esperaba. Al principio parecía que iba a limitarse a ser un gameplay en formato live action, siguiendo la premisa básica de “tengo que salir de acá ya” pero termina apostando por algo un poco más humano.
¿La historia es simple? Sí, pero también lo suficientemente entretenida como para sostener toda la experiencia. Porque siendo realistas, un gameplay de Exit 8 dura diez o quince minutos; trasladar eso directamente al cine habría sido agotador. Acá, en cambio, las dificultades y personalidades de cada personaje ayudan a justificar por qué están atrapados ahí. El pasillo no parece elegir víctimas al azar: busca personas específicas, emocionalmente rotas, conectadas entre sí por conflictos internos que ni ellas mismas terminan de comprender. Todos están ahí por algo.
Eso no quita que la película por momentos se vuelva repetitiva. La propia naturaleza de los pasillos juega en contra y hay secuencias donde la reiteración se estira más de la cuenta. Sin embargo, los sustos y sobre todo, el trabajo de cámara hacen gran parte del esfuerzo pesado para mantener la tensión viva. El camerawork tiene un rol fundamental en cómo se construye la incomodidad constante, jugando muchísimo con la percepción del espacio y con la duda de si realmente hubo un cambio… o si todo sigue exactamente igual.
Las anomalías, eso sí, son algo irregulares. Algunas funcionan muy bien y otras resultan demasiado ordinarias o poco memorables. Honestamente, siento que alguien con OCD terminaría el juego en cinco minutos sin equivocarse nunca.
También noté, casi al final, una leve inspiración estética y emocional en las películas de Hideaki Anno, especialmente en cómo mezcla ansiedad y la adrenalina con lo bello y estetico. No es algo dominante, pero sí un toque muy lindo para quienes conectan con ese estilo.
¿Vale la pena verla? Sí, definitivamente. No es perfecta ni mucho menos, pero es una propuesta muy particular, entretenida y bastante más inteligente de lo que parece a simple vista. Además, funciona como una gran puerta de entrada tanto al cine japonés contemporáneo como al mundo de los juegos independientes.
Una salida de fin de semana más que recomendable. Gracias BF Paris por dejarnos verla antes de su estreno.

