El periodista especializado compartió un hallazgo invaluable de la arqueología editorial: una crónica de fines de los 60′ que explica el origen del cómic japonés para el público argentino, mucho antes del boom del anime.

¿Cuándo fue la primera vez que se habló de manga publicamente en Argentina? ¿Cómo se explicaba este fenómeno cuando todavía faltaban décadas para la llegada de Mazinger Z, Astroboy, Meteoro, Supercampeones o Dragon Ball? La respuesta apareció en Twitter de la mano de Hernán Panessi, quien desenterró una pieza de colección: un extenso artículo de finales de los años 60 titulado «Breve historia de la historieta en Japón».
Este documento no es solo una curiosidad vintage; es un testimonio de la primera vez que se analizó seriamente en nuestro país la evolución del noveno arte nipón. El documento a continuación es un Catálogo de la 1ra Bienal Mundial de la Historieta, en noviembre de 1968. Con un texto de Hideso Kondo, presidente de la Asociación Japonesa de Historietas, que analiza desde los rollos del siglo XII atribuidos al obispo Kakuyu, pasando por la influencia de la ocupación occidental y el «Japan Punch», hasta llegar a la explosión creativa de la posguerra con Osamu Tezuka a la cabeza.
En una época donde los nombres nos llegaban traducidos o adaptados —como el caso de Tetsuan Atomu presentado aquí como Astroboy o Tetsujin 28-go como El Hombre de Acero—, este texto servía de puente entre dos mundos que estaban a punto de colisionar.
A continuación, transcribimos de forma completa este material histórico para entender cómo se gestó la pasión que hoy mueve multitudes.
Preparate a leer porque hay mucha información, pero vale la pena tomarse un momento
«Breve historia de la historieta en Japón», por Hideso Kondo.
La historieta en el significado estricto de su palabra tuvo su origen en Japón, recién después del encuentro con la civilización occidental, a mediados del siglo XIX. Su origen se confunde con el de la caricatura, al remontar de la historia. Un rollo de historieta cuyo autor se atribuye al obispo Kakuyu, que procede del templo de Kozan-ji, en Tobas, que data del siglo XII, describe la vida de aquella época dotando de atributos humanos a los diversos seres del reino animal. Más tarde las historietas de este tipo se denominaron «Toba-e». De la misma época proceden algunos ejemplos de rollos de historietas similares a los de Kozan-ji, pero con contenido dramático y fantástico, como la descripción minuciosa del infierno.
Una vez en la época de florecimiento del régimen feudal, en el siglo XVIII, apareció Hokusai, famoso por su pinturas, que junto a sus coetáneos desarrolla la caricatura llamada «kyo-ga».
En las eras Bunkyo-Keio (1854-1867) apareció la denominación «ponch occidental», debido a que un humorista inglés, Charles Wirgman —un soldado retirado que se estableció en Japón en la era Ansei—, comenzó a publicar una revista humorística mensual bajo el título de «Japan Punch», que los japoneses de aquel entonces pronunciaron como «ponch». Gyosai Kawanabe, un caricaturista de la postrimería del régimen feudal (primera mitad del siglo XIX) que trabajaba el «kyo-ga» en un estilo semejante a los grandes maestros de antaño, Hokusai y Kuniyoshi, comenzó a imitar este nuevo estilo «ponch». Otro caricaturista que actuó en los primeros años de la era de Meiji, Kiyochika Kobayashi, aprendió la técnica directamente del humorista inglés. En su «Diario-caricatura» sobresale el vivo estilo de las escenas, como la del «Gran terremoto de Ansei».
Con la restauración de Meiji en 1868 el pueblo japonés sufrió una de las transformaciones más profundas en todos los órdenes de la vida y en un lapso de tiempo relativamente breve. Lógicamente hubo muchos tropiezos y aberraciones en una modificación de tal magnitud: ocasión propicia a los humoristas para exagerarlas.
También Charles Wirgman aprovechó estas circunstancias para introducir en sus cuadros cómicos un tono ingeniosamente picaresco. En su obra «Fiesta» se aprecia la escena de una fiesta organizada por la Sociedad Asiática en un restaurant-bar, en la que se encuentran entremezclados los miembros de la sociedad y las geishas.
En el año 1878 apareció el periódico «Marumaru-chimbun», dedicado exclusivamente a las historietas y en el que colaboraron Kinkichiro Honda, Yiyochika Kobayashi, y otros. Pertenece a esta publicación el «Hombre civilizado», la caricatura de la figura de un japonés, pero construida con el dibujo de un zapato, paraguas, bastón, tenedor y pipa.
Kiyochika legó, en las páginas del diario «Tokyo Nichinichi Shimbun», abundantes escenas de los estrafalarios bailes de máscaras de los altos funcionarios de la época, donde todo occidental era muy apreciado.
En 1883 visitó a Japón el humorista francés Georges Fernand Bigot, quien publicó el «Libro para miembros de Dieta» y «La vida japonesa». A fines de la década de 1890, Kotaro Nagahara publicó en «Cuentos para despertar» sus cuadros cómicos sobre la vida urbana.
En los años de 1905-1906 Japón se hallaba en guerra con Rusia zarista. En una publicación de aquel tiempo apareció la «Encomienda de amor», donde se ve rechazado el envío de una encomienda de una dama cuyo marido se encuentra en las líneas de combate.
En el año 1906 Rakuten Kitazawa comenzó a publicar «Tokyo Puck». Kitazawa —había obtenido fama a través de sus anteriores actuaciones en las páginas del periódico «Jiji Shimpo»— reunió en la revista a muchos humoristas y caricaturistas jóvenes. Bajo su tutela salieron del anonimato Shigejiro Sakamoto, Tsuruzo Ishii, Tatsuko Kawabata, Kanae Yamamoto, entre otros. Poco más tarde Ogawa comenzó a publicar sobre las costumbres rurales del nordeste en las ediciones cómicas «Jugo de hierbas» y «Hototogisu» (cuco).
La situación económica y social japonesa al comenzar la nueva era de Taisho, que abarcó desde 1912 a 1926, era inmejorable. Reinaba la holgura y todo el mundo se afanaba en divertirse. Sin embargo, a poco estalló la Primera Guerra Mundial, y Japón envió sus fuerzas a la península de Chintao, en China Continental. La colección de Ippei Okamoto, «Caída», pertenece al momento de la captura de dicha península por los japoneses. Antes Okamoto había ingresado al diario «Asahi», en donde colaboró con una historieta de un estilo muy suyo, cuyo talento fue reconocido por el gran literato Soseki Natsume, y que se convirtió rápidamente en un astro del periodismo en auge.
En los primeros años de la era Taisho continuaron actuando Tazaburo Morita, Sakae Okano y otros pertenecientes a la línea de la revista «Tokyo Puck»; lo mismo que Rakuten Kitazawa a través de su «Rakuten Puck» y «Caricatura del momento».
En el año 1918 aparecieron importantes revistas de historietas: «Manga» (historietas) y «Toba-e», en la que comenzó a actuar una nueva generación de valores, tales como Jihei Ogawa, Kin Ikebe, Minoru Yamada, etc. Ikeda fue el típico representante del humor de las grandes ciudades, y en su descripción costumbrista mostró especial ingenio. Jihei Ogawa había sido discípulo de Rakuten y como humorista trató de seguir los pasos de su maestro, obra que dejó inconclusa por su muerte prematura. Yamada, por su parte, trató de explorar el terreno de la historieta infantil, pero al igual que Ikebe falleció a la temprana edad de 30 años.
En la segunda mitad de la era Taisho, que abarca desde 1919 a 1926, Japón fue sacudido por la depresión de posguerra que continuaría con la crisis económica del 29. En la esfera política comenzó el movimiento en pro de una elección democrática y popular, y por la participación de la mujer en la política. Estos sucesos fueron captados por los avizores ojos de los humoristas de la época.
En el año 1924 ocurrió un gran terremoto en Kanto. En los diarios que resurgieron de los escombros aparecieron diversas caricaturas del desastre.
Una historieta que hizo época en la postrimería de la era Taisho fue el «Padre optimista», de Yutaka Aso, publicada en el diario «Hoshi Shimbun». Esta tira cómica alegró el corazón de millones de lectores que afrontaron la dura vida después del desastre natural a través de un personaje de rostro y nariz redondos, anteojos de armazón metálica y vestido con el tradicional quimono, que se erigió en símbolo de la masa humilde, cándida, simple, humana.
En «Las aventuras de Sho-chan», de Katsuichi Hanashima, el personaje principal era un adolescente con gorrito de lana, con su acompañante: una pequeña ardilla; se trataba de una historieta cuento. También puede mencionarse «La vida del Chiquilín Zuku», aparecido en el diario «Mainichi Shimbun».
Al final de la era Taisho surgió un movimiento socialista y, por lo mismo, la literatura del proletariado. Las obras del caricaturista Seimu Yanase reflejan esta tendencia.
Al empezar la era Showa, que comienza en el año 1926, coexisten diversas tendencias, entre las cuales pueden citarse las eróticas, las grotescas y las absurdas. Asimismo hubo un notable incremento de caricaturas ridiculizando la política y las anacrónicas costumbres que aún subsistían.
Comenzaron a circular varios nuevos talentos en esa época. Las revistas, tales como «Yomiuri Manga Sunday», «Manga Man» y «Tokyo Puck» (distinto de la publicación homónima de Rakuten), ganaron la calle compitiendo entre sí con sus respectivas características. También fueron publicadas las «Obras completas de Ippei Okamoto» y la «Colección de historietas de Rakuten».
Como historieta de las costumbres en los primeros años de la era Showa, puede citarse a Hisayoshi Tanaka, quien caracterizó preferentemente a «señoritos», camareras de cafés y mujeres «modernas». Su tira cómica «Nueva vida hogareña» logró bastante popularidad. Tetsuten Shimokawa, otro historieta que se dio por insertar en el dibujo a coristas y geishas, colaboró en el diario «Maiyu Shimbun», el cual tuvo que afrontar las repetidas recriminaciones de la censura. Sin embargo, el «Viudo Gen-san», del mismo autor, tuvo un carácter más humilde.
Continuando a ellos, apareció más tarde Saseo Ono, quien apuntó audazmente a las costumbres erótico-grotescas de las grandes urbes, introduciéndolas en la historieta.
Las series cómicas con repercusión en los primeros años de la era Showa fueron: «Tadano Bonji», de Yutaka Aso; «Rapidin Taro», de Sayuki Shishido; «El oso apurado», de Chiho Maekawa; y «Dango Kushisuke», de Shigeo Miyao.
En el año 1932 apareció el «Soldado Norakuro», de Suiho Tagawa, en la revista «Club de Niños», con un leal perrito como personaje principal; hechizó rápidamente a una gran masa de niños, y prosiguió la publicación de sus nuevas aventuras por espacio de diez años. En el año siguiente comenzó una nueva serie en la citada publicación, «Las aventuras de Dankichi», de Keizo Shimada. Esta tiene como argumento a un niño náufrago japonés que llega a una isla del sur del Pacífico junto con su mascota, el ratón Gari-ko, donde tiene innumerables aventuras, hasta que a petición de los caciques es coronado. La tira alcanzó una gran popularidad al unirse psicológicamente a una tesis ideológica sostenida por ciertos círculos militares y políticos, tendiente a abrir el camino en el Sur.
Como historieta infantil nació en el año 1936 «Ken-chan», de Ryuichi Yokoyama, que posteriormente se independizaría bajo el título de «Fuku-chan». Durante el período de transición a la guerra del Pacífico hubo un retroceso general en el campo de las historietas. Sólo quedaron «Tanku Tankuro», de Kijo Sakamoto, y «Hinomaru Hatanosuke», de Kikunosuke Nakajima, ambas de tendencia nacionalista.
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, el resurgimiento de la historieta en la posguerra fue llevado a cabo por la revista «VAN», de Ippei Itoh, y «Manga», de Hidezo Kondo, entre otros. Nacieron de allí una legión de nuevos historietas que llegan hasta hoy, tales como Taizo Yokoyama, Mitsuo Rokuura, Rokuro Taniuchi, Yoshiro Kato, etc.
La «Plaza de rumores de invierno», de Taizo Yokoyama, recibió un llamado de atención por la autoridad policíaca. Con el tiempo, Yokoyama comenzó la serie humorística de «Pu-san» en el diario «Mainichi Shimbun»: su aguda ironía a los candentes temas actuales recibió los plácemes del público.
Las historietas de Rokuura lograban la introducción de un nuevo tipo de gusto. Por su parte Taniuchi reprodujo los recuerdos de la niñez en un tono romántico agregando un toque entre ingenuo e infantil.
Las series «Kappa» (anfibio de fantasía), de Kon Shimizu; «Otora-san», de Tasumi Nishikawa; «Igai-shi», de Kenji Hagihara; «Baby Gangster» y «Attyan», de Fuyuhiko Okabe, tuvieron todas buena acogida por parte de los lectores, y la popularidad de la historieta «Sazae-san» de Machiko Hasegawa pasó a la revista «Mainichi Sunday», con su nueva tira, la «Vieja Maliciosa». Isao Kojima fue otro historieta que comienza a dibujar en la época.
La «Vida Harapienta», de Yoshiro Kato, es una refinada sátira del momento: un pordiosero que siente la impotencia y desolación de la posguerra. Poco después comenzó otra serie, «Mappira-kun» (No, gracias), en el diario «Mainichi Shimbun», con la que incursionó hacia temas de complejidad psíquica.
En la esfera de la historieta infantil comenzó a circular alrededor de los años 1949-50 Osamu Tezuka, con su «Gran Emperador de la jungla», «Metrópolis» y «Tetsuwan Atomu» (en la Argentina conocida a través de la serie de TV bajo el título de «Astroboy»). (N. del T.). Su estilo guarda relación con los métodos del séptimo arte y utiliza los recursos inagotables de la ciencia-ficción, pronosticando el advenimiento de una nueva era espacial. Por otra parte, la serie «Kurichan» de Susumu Nemoto, fue bien recibida por su depurada ingenuosidad.
Promediando el año 1955 aparecen numerosos valores importantes en el cada vez más variado mundo de la historieta. Ryosuke Nasu, Yoshiro Minami en historietas político-sociales; Yoji Kuri y «Ponkotsu Oyaji» de Ichiro Tominaga, en historietas con temas absurdos. En la historieta infantil, siguiendo a «Akado Suzunosuke», de Tsuyoshi Takeuchi, apareció «El hombre de Acero N°28» (en la Argentina conocida con el nombre de «El Hombre de Acero» a través de la televisión (N. del T.), de Mitsuteru Yokoyama, con actuaciones de tipo superman. «Gambare Gonta», de Shuji Sonoyama, apareció en el diario infantil «Mainichi».
Con el advenimiento de la era de difusión masiva y de los canales de televisión muchas historietas fueron llevadas a la pantalla, tales como «Q-taro el Fantasma», de Fujio Fujiko. Asimismo la serie «Osomatsu-kun», de Fujio Akatsuka, tuvo éxito entre la masa joven.
Pueden citarse por separado las historietas «Ninjutsu Bugeicho» y «Leyenda de Kamui», de Sampei Hakudo, cuyos personajes cobran humanidad a través de un lenguaje arcaico y un tema que se sitúa en el medioevo.
Noborou Baba, otro humorista que tiene mucho éxito en los últimos años, escribe al estilo de Yoshiro Kato. Y por último Kimihiko Tsukuda ha desplazado hacia temas semejantes la serie americana «Peanuts», mientras que Ryohei Yanagihara logra un éxito con la serie de historietas «El Viejo Malicioso», de índole similar a la de Machiko Hasegawa.
Hoy en día varias historietas japonesas salen del país para difundirse en el exterior y viceversa, puesto que historietas americanas, inglesas, francesas y alemanas, entre otras, logran bastante éxito en el Japón. Como ejemplo pueden citarse «Jungle Book» de Walt Disney, «Blondie», «Lolita», «Daniel el Travieso», etc.
Epígrafes de las imágenes (Pág. 97):
- a) «Akakage, espía del Castillo», historieta de Mitsuteru Yokoyama. (Revista Dominical del Niño – 1966).
- b) «DRA.CC», historieta política de Taizo Yocoyama. (Historieta Dominical – 1968).
- c) «Zona Azul», historieta de Shotaro Ishimori. (Revista Dominical – 1968).
- d) «Taro, El Fantasma», página de la historieta de Fujio Fujico. (Revista Dominical del Niño – 1966).
- e) Kuri-Chan, tira de Susumu Nemoto (Diario «Asahi Shinbun» – 1965).
- f) «Pequeña Kiiko», tira de Isao Kojima. (Diario «Asahi Shinbun» – 1968).
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El legado de una pasión que no se detiene
Entender la historia del manga en Argentina es comprender cómo una curiosidad de nicho se transformó en el motor cultural de toda una generación. Este hallazgo de Hernán Panessi nos demuestra que, mucho antes de las redes sociales y el streaming, ya existía un interés genuino por descifrar los códigos de la narrativa japonesa.
Desde aquellos primeros trazos de Osamu Tezuka que llegaron a nuestras pantallas como Astroboy, la popularidad de «Sazae-san», hasta la complejidad de las obras actuales: el vínculo entre Japón y Argentina sigue sumando capítulos. Recordar cuándo nació el manga en Argentina no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una forma de celebrar la identidad de una comunidad que nunca dejó de crecer.
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